No me nombres, no blasfemes por favor, no en mi nombre, no en mi tacto, agradecería que te callaras y que te lanzaras, que te rechazaras a ti misma, que tus oídos sangraran y tus ojos lloraran; tus labios rotos me han echado al peñasco de mi suerte, me has asesinado mientras desayunabas, mientras hundías ese metálico metal entre la sopa verdosa, y agitada miraste tu pecho, ahí encontraste la vereda sangrienta de tu piel mientras te rozabas la entrepierna sin darte cuenta de la infame soledad de tu cuarto. Manipulabas esos collares coloridos ¿Aún crees que tengan alma, el alma de cada una de esas pasiones? Carecías de rostros en aquel momento, incapaz de darme una sonrisa, una mirada seca; tu cabello recorrió y enredó entre tus brazos y al final hasta tus dedos, loca acudiste a rebanarte el cabello y tirárselos al gato por la rendija, ver como lucha con ellos y como es tragado entre los ríos de tu cabellera resulta un tanto orgásmico. Ahora nadas en recuerdos y te empeñas en retornarme viejas caricias rotas en sentimientos turbios, acomplejados por el paso de tu recuerdo; ahora vienes y buscas jugar con mis entrañas, con esa ternura retorcida por aquellas noches de incesantes rodeos; añoro tus pechos, no lo niego, cuya amargura transfiguró en más de una ocasión mis labios de oscuro anís, ahora que los tengo frente a mí me es repugnante saber que los saboreo con el mismo regodeo de antes, desperdiciándome horas en cada uno de ellos, pasando mis tórridas imágenes entre tus piernas, enmarañándote entre mi inmóvil extremidad hasta que tu virginal sangrado invada el rescoldo de tu cuerpo y así, con tu rostro extasiado y tus manos ciegas, logre sosegar tu gélida respiración; en cuanto ahogue tu pesado mirar y tu garganta escuche el alarido de mi caminar, entonces, sólo entonces, sacaré la mano amarilla que tengo bajo tu brazo, removerás el renuente brillo de tus lágrimas, sacarás de entre tus dudas la cabeza, reconocerás el aroma de mis rasguños en la pared, acariciarás mi presencia y me distinguirás de entre todo este basurero de cabezas. Y si por curiosidad te dignas a levantar la vista, no gastes tus sentidos en negar lo que tu cuerpo reclama; mátame antes que despierte, antes de que salga de tu cama.
La última vez que te vi terminé bastante mal, tenerte entre mis brazos resultaba ser la cosa más escalofriante en la vida, tu rostro deshecho, tu pecho entreabierto, tus manos, bueno, ya no eran tus manos; aquellos ojos sin vida me mostraron más de lo que quería saber.
Traté de ocultarte antes de que entraran por la puerta del frente, pero cuando regresé a la habitación tú ya habías abierto la puerta y habías ofrecido de beber, te importó un carajo tu estado, pero que va, siempre lo dijiste: Cordialidad ante todo.